El encanto de la vida consagrada - 2


La pobreza
como experiencia de la inseguridad

.. . . . . . . . . . . . . . .No es más rico y feliz quien más tiene,
. . . . . . . . . ......sino quien menos necesita para sí mismo.

En el número anterior consideramos la amplitud y actualidad del concepto y vivencia de la pobreza paulina según el beato Santiago Alberione, la cual abarca también valores y bienes superiores al dinero y a las posesiones materiales; valores administrados y puestos al servicio de la evangelización: la vida, el cuerpo, la salud, fuerzas físicas, dones naturales, humanos, espirituales, los talentos personales, títulos, profesión…

La pobreza paulina, personal y comunitaria, además tiene que convivir paradójicamente con la riqueza de medios para la evangelización; pues necesita administrar grandes cantidades de dinero y medios costosísimos para la misión, mientras cada paulino y cada comunidad paulina elije vivir en desprendimiento y pobreza. Es la pobreza de san Pablo, como él la expresada: “Sé vivir en pobreza y en abundancia”; “No tenemos nada, pero lo poseemos todo”: medios, comida, vestido, vivienda, seguro de salud, etc., pero todo en función de la misión evangelizadora y salvífica.

Tenemos “el ciento por uno” prometido por Jesús a los que lo dejan todo y lo siguen. Lo difícil es mantenerse en el límite de ese “ciento por uno”, pues el voto de pobreza puede convertirse inconscientemente en un sistema eficaz para hacerse ricos.

El voto y la vivencia de la pobreza tiene sentido siempre que su objetivo sea socorrer pobrezas ajenas: materiales, culturales, sociales, morales, espirituales, y en especial ayudar a vaciarse de todo lo que impida alcanzar las riquezas eternas y así evitar la máxima pobreza de la auto exclusión del reino eterno de Dios.

Visto este concepto-vivencia de la pobreza paulina, veamos la pobreza desde otros puntos de vista, llevados de la mano del monje benedictino P. Simón Pedro Arnold (a quien conocí personalmente), espigando algunas ideas de su libro El riesgo de Jesucristo, una relectura de los votos, publicado por Paulinas, Lima.

La pobreza es el punto de partida de la vida religiosa, como imitación del Pobre de Nazaret: vende, ven y sígueme. La cuestión de la pobreza es de una particular y dramática actualidad, pues más del 60 % de la población vive en pobreza material y económica, mientras que los consagrados y el clero estamos situados en la reducida minoría de los privilegiados en seguridad, bienes y bienestar.

Sin embargo compartimos con los pobres la pobreza radical que nos iguala a todos: la finitud humana y la muerte. Admitir nuestras limitaciones, convivir reconciliados con ellas, y situarse serenamente en la perspectiva esperanzadora de la muerte como puerta de la vida eterna, es la pobreza radical, que nos proporciona fortaleza para valorar y usar todos los bienes materiales, humanos y espirituales con desprendimiento y en función del sumo Bien: Dios y su reino eterno, para nosotros y para los otros.

En este sentido decía Jesús: “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si al final se pierde a sí mismo?” Y san Pablo expresaba así su experiencia de pobreza existencial: Todo lo considero escombro con tal de ganar a Cristo”. “Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir”.

Pobreza es también la inseguridad, la aventura y el riesgo de la fe, entre luces y obscuridades, certezas y dudas… Vemos, pero no con precisión matemática. Y eso nos lleva a la pobreza esencial: el abandono confiado en las manos providentes del Padre celestial, dispuestos a lo imprevisible de Dios, a lo impensable, a la esperanza contra toda esperanza, para acoger un sueño infinitamente más grande encarnado en la banalidad de nuestra vida cotidiana. Así era la pobreza de María de Nazaret: tenía consigo al omnipotente Dueño del universo, y a la vez vivía en la pobreza, en la inseguridad, hasta la persecución, el destierro y la ejecución de su propio Hijo.

Como María, el consagrado, la consagrada, autorizan a Dios que se haga dueño de su vida, y desde su pobreza, libertad, humildad y felicidad se entregan a una causa más grande que ellos mismos. Se ponen al servicio de un proyecto que se sobrepone a su seguridad: acoger en sí mismos a Cristo y darlo al mundo, a semejanza de María, y así hacerse padres y madres de multitudes.

El corazón del rico,
seguro en sus riquezas, no puede entregarse al servicio de un proyecto más grande que él, porque sus seguridades lo hacen esclavo de sí mismo. El joven rico no quiso arriesgarse a lo que le proponía Jesús, por el miedo a perder a sus bienes materiales, morales, afectivos y espirituales.

La pobreza es apostar por el amor incondicional, que implica renacer del Espíritu cada día, en una continua conversión hacia Dios y hacia el prójimo necesitado de mil maneras: desde la pobreza material hasta la máxima pobreza que supone el riesgo de perderse en la total carencia, soledad y odio eternos.

Jesús es el modelo máximo de esta pobreza-servicio, culminado en la cruz al realizar su lema: ”No hay amor más grande que el de quien da la vida por los que ama”. Y al amor más grande corresponde la felicidad más grande, en el tiempo y en la eternidad.
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P. J.
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