LA OTRA CARA DE LOS TSUNAMIS


En Japón, a causa del tsunami, hay miles o millones de incomunicados, sin alimentos, enfermos, faltos de agua, luz, medicamentos; gran número de muertos en proceso de descomposición, con peligro de epidemia; radiación atómica, etc. Y con temor de que se repitan las réplicas... Las muertes se multiplican... ¡Gran holocausto!
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Los tsunamis y la Palabra de Dios

Viene a la memoria el llamado “diluvio universal” en el Antiguo Testamento: en pocos momentos, de una prosperidad que creían segura, pasaron a la destrucción total. Los ídolos del poder, del dinero y del placer, y sus cómplices, no les sirvieron de nada. Y hasta que se produjo el diluvio se burlaban de Noé y de su arca.
Vienen también a la memoria Sodoma y Gomorra, ciudades devoradas por el fuego. Y cómo no: la corrupta Nínive, capital del imperio asirio, que se convirtió e hizo penitencia ante el anuncio del profeta Jonás, y así se salvó de la destrucción.
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La Palabra de Jesús constituye una seria advertencia también para nosotros: “Estén preparados, porque en el momento que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre”. “¿Creen que las 18 personas que aplastó la torre de Siloé, y los galileos que asesinó Pilatos en el templo, eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no. Y si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera”. (Lc 13, 1-5).
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Jesús no se anda con rodeos: “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si al final se pierde a sí mismo?”. Esta desgracia es mucho peor que todos los tsunamis juntos, el peor de los tsunamis, el tsunami eterno. Y de ese tsunami podemos liberarnos sólo pasando por la vida haciendo el bien, vueltos a Dios con la oración, el ayuno y las obras de misericordia.
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Tengamos compasión de nosotros mismos y de los demás, liberándonos de las garras implacables de los ídolos dueños del mundo: el poder, el placer, el dinero,. Con una verdadera conversión a Dios y al prójimo.
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La muerte física es el tsunami personal, en el que desparece para cada uno el mundo visible, y se abren las puertas del mundo invisible, que a partir de la muerte se hace visible.
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Sería muy bueno tomar pie de esos desastres para darle un repaso al Apocalipsis, donde se habla de los siete sellos, de las siete trompetas, los tres ángeles, los siete ángeles de las siete plagas, las siete copas, la caída de Babilonia... Y detenerse sobre todo en los capítulos 19, 20, 21, 22 y 23: Las bodas del cordero, el reino de mil años, la nueva Jerusalén celestial, la felicidad de los elegidos.


El Apocalipsis es “el libro de la esperanza”, del optimismo total: Cristo resucitado en persona vendrá a buscar, salvar y glorificar a quienes lo siguen
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No es cuestión de acusar a Dios ni de temerle, sino de ama-rlo y obedecerle, pues su gracia y su amor valen más que la vida”. Tenemos mucho más para agradecer que para lamentar. Sólo él puede librarnos de los tsunamis y de la muerte, dándonos un cuerpo glorioso como el suyo, en lugar del cuerpo mortal que, una vez muerto, ya no nos servirá de nada.
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Pero sí debemos tener miedo de nosotros mismos, de soltarnos de la mano de nuestro Padre y alejarnos de él, y no esperar en él. Hemos de trabajar con seriedad y valentía por nuestra salvación, la de los nuestros y la del mundo entero, en unión con Cristo, valiéndonos de los medios que nos proporciona la Iglesia: oración, sufrimiento ofrecido, obras de misericordia, austeridad, sacramentos, y en especial la Eucaristía, sacramento universal de salvación.

¿Castigo de Dios o arte del diablo?
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Se puede decir que ni lo uno ni lo otro. Los terremotos se deben al fenómeno geológico consistente en el desplazamiento o reajustes de las capas tectónicas de la tierra. Los hubo siempre y continuará habiéndolos. Pero su dimensión sobrenatural y escatológica nos afecta directamente a cada uno.


En la Biblia se habla con frecuencia de castigos temporales y del castigo eterno. Por lo menos debemos considerarlos como advertencias e invitación a la conversión para liberarnos del “tsunami eterno”, y ganarnos la entrada al reino glorioso de Dios nuestro Padre, que él nos tiene preparado.
.En el Apocalipsis se habla de un breve tiempo que se le concede al diablo para pervertir a los hombres, ante los cuales Dios ha puesto el bien y el mal, la vida y la muerte. Lo que elijan, eso tendrán. Muchos eligen el mal y la muerte, y eso es lo que tendrán al fin.

Ciertamente en estas desgracias son muchos los que le piden cuentas a Dios por tales calamidades. Pero Dios también pide cuentas al hombre por las calamidades que éste causa: guerras, violencia, injusticias, corrupción, depravación, violaciones, asesinatos, y por el mayor genocidio de alcance mundial: el gran “tsunami del aborto”, que clama al cielo por la sangre de millones de criaturas inocentes sacrificadas cada día en todo el mundo en los altares de los ídolos del placer, del dinero y del poder. No existe mayor holocausto humano, causado por teorías y sociedades, que en buena parte han elegido la cultura de la muerte.
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Y le sigue el tsunami de las muertes por hambre, por culpa de quienes se apropian de los bienes y riquezas de la tierra destinadas por Dios para todos. Y los tsunamis de las guerras provocadas por la ambición de unos pocos poderosos.
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Dios pide y pedirá justicia, y se pondrá a favor de quienes sufren injusticia. También en los tsunamis naturales él hace justicia, llevando al paraíso, a través de la muerte, a quienes se lo han merecido con su vida y obras, que probablemente son los más; y dejando a los otros, ojalá muy pocos, a merced de lo que han elegido: la muerte eterna.
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La muerte no es un castigo de Dios, sino lo puerta por donde se accede al premio eterno de Dios. La muerte no es el final de la vida, sino el principio de la vida sin final. Por algo san Francisco llamaba a la muerte “hermana muerte”.

Quienes hayan elegido y hecho el mal en sus vidas sin arrepentirse, convertirse y reparar, se eligen su propio castigo eterno: recogen lo que han sembrado en esta vida. Dios no castiga ni rechaza a nadie; se condena quien lo rechaza y se aleja de él, en especial rechazando al prójimo. Dios no impone la salvación. 
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Pero, ¿qué podemos hacer por los afectados?
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Por los muertos: oración y reparación por ellos, para que sean perdonados y acogidos por la misericordia de Dios. La oración más eficaz es la Eucaristía y la comunión por los difuntos; y le sigue el asociar los sufrimientos de su agonía y muerte a los sufrimientos y agonía de Cristo.

Pero también podemos ofrecer por su salvación los sufrimientos de sus familiares vivos, a la vez que ofrecemos por ellos nuestros diversos sufrimientos, incluidos los de la enfermedad, de nuestra agonía y nuestra muerte.

Es lo máximo que podemos hacer por las víctimas de los tsunamis, de las guerras, del hambre, del aborto, de la violencia, de la muerte... “Nadie tiene un amor tan grande como el que da la vida por quienes ama”.

¿Y qué hacer por los que han quedado vivos, hundidos en el dolor y la angustia por la pérdida de seres queridos, muchos mutilados, con el peligro de nuevas réplicas, aislados sin alimentos ni agua, con la amenaza de la radiación atómica, con posibles epidemias a causa de los cadáveres en descomposición, etc.?

Quienes puedan hagan aportes económicos, víveres, ropa... Y recibirán el elogio de Jesús: “Estuve necesitado de mil maneras, y ustedes me socorrieron: vengan, benditos de mi Padre, a poseer el reino que tengo preparado para ustedes desde el principio del mundo”. Hoy por ellos, y mañana tal vez lo harán otros por nosotros. El Papa ha enviado 150.000 dólares. “La limosna cubre multitud de pecados”.

Pero a estos aportes de orden material, hemos de sumar las oraciones y ofrendas arriba indicadas a favor de los muertos. Con esto nos integramos en una realidad misteriosa, gozosa y salvífica: la Comunión de los santos, comunión de intercesión, a cuya cabeza está Cristo mismo, que “intercede por nosotros”, y el Espíritu Santo, que “ora en nosotros con sollozos inefables, pues nosotros no sabemos orar como conviene”.

Mensaje de esperanza del Apocalipsis
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“¡Felices los que han sido invitados al banquete de bodas del Cordero” (Apoc 19, 9). “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva... Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: Ésta es la morada de Dios con los hombres: él habitará con ellos, y ellos serán su Pueblo, y el mismo Dios estará con ellos. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni lamento, ni dolor, porque todo lo de antes pasó”. (Apoc 21, 1-4).

"Pronto regresaré trayendo mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras. Felices quienes lavan sus vestiduras para tener derecho a participar del árbol de la vida y entrar por la puerta de la Ciudad santa”. (Apoc 22, 12).


Jesús resucitado viene cada día para millones de personas que pasan a la eternidad. Y el día menos pensado, vendrá también para ti y para mí. Nosotros elegimos con nuestra vida y obras, la recompensa que nos traerá. “Voy a prepararles un puesto; luego vendré a buscarlos, para que donde yo estoy, estén también ustedes”.

¿Cómo podríamos arriesgar el puesto glorioso que el mismo Cristo Jesús nos ganó con su muerte y nos tiene preparado con infinito amor?

El mayor interés y el mayor esfuerzo de nuestra vida tiene que centrarse en asegurarnos ese puesto glorioso con la vida y las obras, y ayudar a otros a no perderlo. También en este caso somos libres de elegir entre la mayor necedad y la mayor sabiduría.

P. Jesús Alvarez, ssp.